Estaba todo mucho más silencioso de lo habitual, hasta llegar al punto de pitarle los oídos y escuchar retumbar sus latidos.
Respiró y cerró los ojos. Le atormentaba esa idea que se le había clavado como una brasa, quemando su ser ya de por sí congelado. Esa idea.
Abrió los ojos de nuevo. Las paredes le dificultaban visualizar la noche. Una rendija se filtraba a lo alto, mostrando un azul sucio, desgastado.